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“Dai Dai”, la nueva canción oficial del Mundial de Shakira: una apuesta que parece haberse quedado a mitad de camino

El lanzamiento de “Dai Dai”, la nueva apuesta musical de Shakira para el próximo Mundial de Fútbol junto al Burna Boy, responsable de éxitos globales como “Last Last”, “Own It” u “On the Low”, ha generado un impacto inmediato en las plataformas digitales, eso es innegable. Se trata de la canción oficial de la Copa del Mundo 2026, torneo que se disputará en Estados Unidos, México y Canadá y que dará inicio el 11 de junio de 2026, con el partido inaugural en el Estadio Azteca de Ciudad de México. Su video oficial ha logrado la impresionante cifra de 1 millón de reproducciones en tan solo 3 horas de publicación en YouTube, un desempeño acorde a la magnitud de la artista colombiana. Sin embargo, más allá de ese éxito nominal, surge una lectura crítica sobre el rumbo artístico de la colombiana.

“Dai Dai” se presenta como un tema que, a pesar de sus altas expectativas, se siente estancado en un terreno conocido, o mejor dicho, desgastado. Desde lo musical, se apoya en una progresión armónica sencilla y muy reconocible dentro del pop urbano contemporáneo, sobre una base en tonalidad menor y un patrón rítmico de tinte afro–caribeño que no se aleja demasiado de fórmulas ya exploradas por la propia Shakira desde “Hips Don’t Lie” y “Waka Waka”.

Con respecto a la estructura de la canción, esta podría generar en el oyente ese efecto “déjà vu”, donde la fórmula que antaño funcionó parece haberse agotado, repitiendo patrones rítmicos y progresiones que ya no logran sorprender. En ese sentido, la construcción del tema apuesta por una acumulación progresiva que dilata la llegada de su punto de mayor impacto, estirando versos y pre-estribillos mientras la base se mantiene prácticamente inmutable.

Ni siquiera la presencia del aclamado Burna Boy consigue romper el clima de monotonía. Burna Boy (Damini Ebunoluwa Ogulu) es una de las figuras centrales del afrobeats y la afro-fusion contemporánea, ganador de un Grammy y responsable de haber llevado ese sonido a la rotación global. Su participación se percibe como una pieza externa, colocada a último momento y que no logra integrarse orgánicamente al desarrollo del track, sin generar un verdadero diálogo estilístico entre ambos artistas, a pesar de que su fraseo grave intenta acomodarse sobre la misma base rítmica. Más que apoyarse en la estructura, su intervención parece interrumpirla, reforzando esa sensación de espera constante de algo que nunca llega; o que llega demasiado tarde.

La canción parece estar diseñada bajo la típica lógica del trending en plataformas como TikTok, retrasando lo que sería su estribillo principal hacia el tramo final. La forma responde a una receta reconocible: una intro breve y bastante desnuda de instrumental, apelando a las vocales futboleras que se escuchan en cualquier estadio. Luego, lo que sería el estribillo, que aunque un poco vacío, prepara al oyente para comenzar a moverse. Después llegan esos versos interminables que se apoyan sobre la misma célula rítmica, pequeños ascensos hacia un pseudo pre-estribillo y un hook que se guarda casi hasta el cierre, pensado más para la extracción de fragmentos que para el desarrollo de un relato musical completo. Sin embargo, ese recurso termina jugando en contra: el hook no funciona como eje articulador del tema, sino que aparece tardíamente, casi desplazado hacia una función de cierre. En términos estructurales, el estribillo pierde centralidad y se acerca más a un outro que al verdadero protagonista del sencillo, dejando una sensación de vacío.

En definitiva, Shakira entrega un producto que cumple con las métricas del mercado, o al menos eso parece por el momento, pero que se queda a medio camino en términos de innovación. Se consolida así otro “crossover” que, más que marcar un nuevo comienzo, parece confirmar su permanencia en una zona de confort creativo que empieza a mostrar sus grietas. “Dai Dai” es más Shakira, una Shakira que remite a momentos como “Waka Waka” o “Hips Don’t Lie”, tanto por el uso de percusiones de estadio, «coros coreografiables» y slogans rítmicos, pero que deja al oyente en una tensión creciente que se quiebra en poco, con picos que no terminan de resolverse y una expectativa que, por momentos, empuja a pasar a la siguiente canción.

Martín Carrizo


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