Por Martín Carrizo
El presidente Javier Milei se subió una vez más a un escenario, esta vez en el Movistar Arena, rodeado de guitarras eléctricas, baterías y gritos de sus seguidores. Ojo, no fue para anunciar medidas ni rendir cuentas, sino para dar un recital: una escena que representa la desconexión con la realidad.
Milei canta, pero parece que el único monitoreo que escucha es el de la música, porque el del reclamo social hace tiempo que no llega a sus oídos: resultado, una gestión totalmente desafinada, como 3 octavas más abajo… ya demasiado.
Aquella frase de campaña que encendía multitudes: “No vine a guiar corderos, vine a despertar leones” hoy suena un poco lejana, como artista de one-hit-wonder que ya nadie recuerda. Los leones, si existieron alguna vez, parecen haber iniciado su etapa de hibernación, y los que se autoproclaman tales son más bien corderos autopercibidos.
Tristemente, la realidad argentina se ha convertido en un upside down de promesas libertarias no cumplidas: un país más cerca del tono de una marcha fúnebre que del rock noventoso que pretendía recuperar la épica del cambio.
A días de las elecciones legislativas, ni siquiera está confirmado quién reemplazará a José Luis Espert ni qué ocurrirá con las boletas. El tiempo corre y la incertidumbre crece. La gente empieza a entender que la “casta”, esa palabra repetida hasta el cansancio, ya no define a un grupito cerrado sino a un estado constitucional del político argentino, que florece una vez alcanzado el poder. Todo político es casta hasta que se demuestre lo contrario, y al parecer, optan por invertir la carga de la prueba.
Y si seguimos cantando, cantemos: mientras los jubilados no llegan a fin de mes, mientras la clase media recorta, mientras los prestadores que asisten a personas con discapacidad continúan reclamando, el presidente y su banda siguen guitarreando. Un gobierno que nació prometiendo terminar con los privilegios y con los abusos de los fondos públicos hoy repite las mismas prácticas de siempre: presuntas coimas, campañas bajo sospecha, operadores disfrazados de periodistas; fondos públicos para recitales de campaña. Lali y María Becerra deben estar conteniendo la risa. Solo que Lali es Lali desde chica, trabajó desde chica y María Becerra hoy es la artista más importante de la Argentina. Pero ojo, que Javier Milei también pudo llegar a saborear la fama durante su primer año.
Para sumar, las elecciones que vienen son más importantes de lo que muchos creen. No por los préstamos o los swaps que se puedan llegar a lograr gracias a EEUJ, sino porque los legisladores que elijamos son los que deben representar al pueblo y poner límite a los excesos de poder. Así funciona una república, o al menos así debería funcionar.
La banda de Milei sigue tocando, pero el público no tiene gana del bis. Se cansó. Se hartó de no encontrar una voz que lo represente, de escuchar una y otra vez la misma canción en loop: “el delito del otro invalida el propio”. Una canción vieja que ya aburrió.
Argentina continúa igual que hace décadas, escuchando el mismo disco rayado: golpeada, fuera de tempo y con un público que ya no soporta ni una cuerda disonante más en el coro desafinado que acompaña al presidente, cuya voz continúa rasgando, poco a poco, el límite de la tolerancia social.







