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Cuando el estrés político enferma a toda una sociedad

Por Martín Carrizo

Mientras los indicadores macroeconómicos muestran una recuperación, la salud mental de los argentinos atraviesa su peor crisis en décadas. Estrés financiero, polarización política, precariedad laboral y desfinanciamiento sanitario conforman la mezcla que erosiona el bienestar emocional y el costo humano de la una economía que aún no llegó.

La salud mental de la población argentina muestra un deterioro sostenido  que trasciende el ámbito clínico y refleja las tensiones de una sociedad expuesta durante años a incertidumbre económica, recortes estructurales y una polarización política persistente.
Aunque la inflación interanual disminuyó drásticamente a niveles del 31,8 % en 2025 (según INDEC), persiste un daño emocional que se traduce en malestar psicológico, sobrecarga laboral y agotamiento social.

Según estimaciones de la Dirección Nacional de Abordaje Integral de Salud Mental, dependiente del Ministerio de Salud de la Nación, la demanda hospitalaria por trastornos psíquicos registró un incremento superior al 12 % en 11 provincias durante 2025. Por su parte, los últimos datos públicos de la Fundación Soberanía Sanitaria señalan que las internaciones psiquiátricas en hospitales públicos pasaron de 28.451 en 2019 a 45.785 en 2024, con un aumento marcado entre jóvenes: del 9 % al 13 % del total.

El Observatorio de la Deuda Social Argentina (UCA, 2025) reporta que una de cada cuatro personas presenta síntomas de ansiedad o depresión. Al mismo tiempo, la Facultad de Psicología de la UBA revela que más del 50 % de los encuestados atribuyó el malestar emocional a la situación económica y el clima político.


El problema se agrava por el desfinanciamiento progresivo del sistema público. En 2024, la coparticipación destinada a salud cayó un 10 % real y las transferencias no automáticas descendieron un 78 %. La liberalización de precios de la medicina prepaga mediante el DNU 70/2023 forzó a unas 200.000 personas a renunciar a sus coberturas privadas, recargando aún más el sistema hospitalario.


Medicamentos y tratamientos, cada vez más inaccesibles

El PAMI restringió temporalmente la gratuidad de psicofármacos, y aunque restituyó parte de la cobertura en el segundo semestre de 2025, la pérdida acumulada del 17,5 % del poder adquisitivo jubilatorio volvió insostenible el acceso a tratamientos sostenidos para miles de adultos mayores.
El Colegio de Farmacéuticos de la Provincia de Buenos Aires registró una caída del 11 % en la dispensa de medicamentos psiquiátricos en 2024, con bajas específicas en pregabalina (23 %), escitalopram (15 %) y quetiapina (13 %). Sin embargo, el Observatorio Farmacéutico COFA muestra que en 2025 el consumo de antidepresivos creció 1,3 % y el de inductores del sueño un 6,9 %, reflejando el aumento de trastornos asociados al insomnio y la ansiedad. En contraposición, los sedantes y antipsicóticos disminuyeron entre 2 % y 5 %, lo que evidencia una tendencia a la rectificación prescriptiva en contextos de crisis.

El “estrés económico” y la biología del miedo

Aunque los precios bajaron, para la mitad de los argentinos persiste el estrés financiero por temor a la pérdida de ingresos o del empleo. Médicos clínicos y psiquiatras del Hospital Álvarez describen una “hiperactivación sostenida del eje hipotálamo-hipófiso-adrenal” que genera descargas prolongadas de cortisol y adrenalina, respuestas típicas del miedo crónico que derivan en insomnio, gastritis funcional, hipertensión y contracturas musculares persistentes, con mayor riesgo cardiovascular.


El psiquiatra Juan Manuel Pirola, del Hospital Elizalde, expresa: “Hoy los cuerpos cargan la deuda emocional de la crisis. Incluso con precios a la baja, el organismo no desactiva la alarma. El miedo forma parte del metabolismo”.

La grieta política y su impacto en la salud

La disputa política permanente actúa como estresor colectivo. Estudios del Observatorio de Psicología Social Aplicada de la UBA muestran que 7 de cada 10 personas evitan hablar de política para evitar conflictos. La grieta produce una amenaza simbólica constante y deteriora las redes de contención emocional.


El sociólogo Gabriel Kessler advirtió que la exposición sostenida al discurso violento y la incertidumbre erosiona la confianza social y genera un “malestar de época” signado por la frustración y el cinismo.

El informe Wellhub Argentina (2025) indica que el 94 % de los trabajadores declara padecer estrés o burnout, y uno de cada dos recibió diagnóstico de ansiedad o depresión en los últimos dos años. De hecho, la Argentina encabeza el ranking de agotamiento laboral latinoamericano, según Data Gremial (octubre 2025), con una prevalencia del 91 % entre empleados públicos y privados.


El temor a perder el empleo y la falta de reconocimiento en los ambientes laborales provoca somatización, ausentismo y apatía profesional. Las empresas informan picos de ausencia justificada por causas psicológicas del 6 % al 8 % en el primer semestre de 2025.


El deterioro institucional y sus consecuencias

En 2025, el Hospital Nacional Laura Bonaparte redujo su planta de personal en alrededor del 35 %, según la Asociación de Profesionales, y se suspendieron las Residencias Interdisciplinarias en Salud Mental (RISaM) que capacitaban especialistas en 11 provincias. El programa Remediar Salud Mental quedó desfinanciado, lo que afectar a millones de personas que perdieron acceso a tratamientos y medicación.

Adicciones y contención para jovenes

La paralización de obras públicas incluyó la interrupción de centros de día y casas de externación, junto con las “Casas Joven” de la SEDRONAR. Si bien en septiembre algunas sedes provinciales reactivaron parcialmente la atención a adolescentes en riesgo, la cobertura a escala nacional permanece limitada.

Muchos psiquiatras advierten que Argentina enfrenta una “fatiga psicosocial” colectiva, producto de la recesión, la precaridad y la polarización. La psicóloga social Diana Wechsler sintetiza: “Las personas no duermen, comen mal y viven con una sensación constante de amenaza”. Esto se traduce en mayor evitación, irritabilidad social y pérdida de noción de futuro.


La crisis económica y política en la Argentina no solo erosiona el poder adquisitivo, sino también el sistema nervioso central de la sociedad. Aún cuando los indicadores macroeconómicos muestran mejorías, la herida emocional permanece abierta: el miedo a perder lo que se tiene predomina sobre el impulso de progreso. Y
cuando el miedo se convierte en brújula social, los proyectos del futuro dejan de ser horizonte y se transforman en mera supervivencia: ese es el costo invisible, el que no figura en las estadísticas oficiales, pero atraviesa silenciosamente a toda la sociedad argentina.

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