Si hoy, 22 de abril de 2026, se hiciera una encuesta masiva preguntando por qué el Gobierno sostiene a Manuel Adorni, es probable que el 80% de las respuestas coincidieran en un NS/NC (no sabe / no contesta). Y no porque falte información, sino porque el costo político de mantenerlo ya está a la vista de la opinión pública, y la explicación oficial parece no dilucidar las dudas de la ciudadanía, independientemente del emisario de turno que lo comunique. El jefe de Gabinete no es un funcionario de segunda línea, sino el responsable político de la coordinación del gabinete, con nombre y cargo en la Constitución: figura que apareció con la reforma constitucional de 1994. Esa misma figura hoy está imputada por presunto enriquecimiento ilícito y mencionada en otras causas que ponen bajo la lupa la evolución de su patrimonio y el origen de sus bienes. Todo esto en un gobierno que hizo del discurso anticasta, de la denuncia de los privilegios y de la promesa de que “esta vez el ajuste lo paga la política” su principal credencial ante la sociedad. Por otro lado, la situación económica también forma parte del problema y muestra rebeldía incluso frente al otrora autopercibido Premio Nobel de Economía. En marzo, la inflación fue del orden del 3,4% y el acumulado del primer trimestre se ubica cerca del 9–10%, con una variación interanual todavía en niveles altos y salarios que corren por atrás, con paritarias con techo y advertencias de no ser homologadas por el Ministerio de Trabajo. A esto se suman tarifas que siguen incrementándose por encima de los ingresos y una actividad que no termina de repuntar. En todo ese contexto, el mensaje oficial insiste, casi de manera automática, pidiendo esfuerzo y paciencia. Sobre todo este escenario, la filtración de los viajes de Adorni a Punta del Este en avión privado no fue un dato menor. No es la imputación principal, pero sí la escena que le terminó de provocar una “fractura expuesta” al relato de austeridad del Gobierno. La causa penal discute presunto enriquecimiento ilícito y otras operaciones; los vuelos solo se convirtieron en el tráiler a la película que vendría luego. Lo que para el Gobierno podría ser una foja más en el expediente, para la sociedad se volvió una síntesis: mientras se pide ajuste, la cúpula se mueve en vuelos privados. El jefe de Gabinete es el funcionario que por diseño institucional debe rendir cuentas, firmar, coordinar y responder. Sostener en ese lugar a alguien bajo imputación y rodeado de otras causas abiertas marca, de hecho, cuánto el mismo Ejecutivo puede llegar a mover internamente el umbral de tolerancia ante la corrupción: un “¡afuera!” que terminó convertido en “¡sigue adentro!”. Como si esto fuera poco, el argumento que se repite desde el oficialismo apela al mismo manual de siempre: no hay condena (si lo habremos escuchado en el pasado). El problema es que esta respuesta vuelve a caer en el error de la ya consagrada casta política de siempre: confundir la lógica penal con la responsabilidad política. El principio de inocencia rige en el proceso penal y nadie lo discute, pero otra cosa es la decisión de mantener o no a un funcionario en un cargo de primera línea cuando ya existen imputaciones formales y causas en trámite. La Constitución distingue estos planos: una cosa es la eventual responsabilidad penal, que se definirá en Comodoro Py; otra es la responsabilidad política frente a los ciudadanos, que se define por decisiones que debe tomar un gobierno que muy en el fondo trata de cuidar la “credibilidad residual” frente a su propio electorado.
Mientras todo esto sucede, el Ejecutivo decide volver a impulsar Ficha Limpia, una iniciativa para limitar el acceso a cargos electivos a personas con determinados antecedentes, bajo la consigna de que la sociedad exige representantes “sin manchas”. La discusión técnica del proyecto puede ser interesante, y ya la conocemos, pero la escena no lo es: se promueve un filtro estricto para quienes quieren llegar al sistema político, al mismo tiempo que se mantiene en la Jefatura de Gabinete a un funcionario imputado por delitos contra la administración pública. Una vara para entrar y otra para mantenerse en el poder. Y sí, la doble vara es indiscutible: Ficha Limpia para los de afuera y tolerancia nivel Dios para los de adentro. Se atribuyen el rol de custodio moral del sistema, pero evitan aplicarse a sí mismos el estándar que presentan como respuesta a la demanda social instalada en la agenda. El mensaje que queda es que la lupa está reservada para aspirantes y opositores, no para quienes ya ocupan los despachos principales. El razonamiento de no ceder podrá ordenar a la tropa propia, pero no alcanza para explicar la decisión hacia el afuera, hacia los que merecen una explicación real: Imputaciones, causas en curso, un estilo de vida que se conoce por filtraciones y un presidente que desde X, le pide mas esfuerzo al resto. Una combinación q para los simples mortales parece imposible de seguir sosteniendo en el tiempo. Entre fichas limpias, la mancha ya no se agota en Adorni y se desplaza sobre el mismo Javier Milei: algo que se refleja en las últimas encuestas. Y es lógico: el Presidente es quien lo nombró, quien lo sostuvo frente a cada nueva imputación y quien decide mantenerlo hoy en su cargo. El régimen presidencial argentino es claro: la atribución de nombrar y remover a ministros y principales funcionarios es presidencial. Si el jefe de Gabinete sigue en ese lugar, no es por inercia ni por tecnicismos, sino por decisión política. La pregunta que podríamos hacernos es bastante simple: ¿Si Ficha Limpia es la vara para competir, cuál es la vara para seguir en el gabinete cuando las denuncias y las otras causas ya son conocidas? Por ahora, la respuesta oficial es sostener al funcionario y reducir todo a “operadores roñosos o ratas inmundas tratando de hacer caer al gobierno, mientras Javier Milei manifiesta su preocupación a través de su estoicismo en la red social X, interviniendo en discusiones y defendiendo su TMAP. La conclusión: mientras Milei sostiene a Adorni, vuelve a impulsar Ficha Limpia para frenar a la casta ajena. Al mismo tiempo, le pide a la sociedad que siga haciendo otro esfuerzo. Una sociedad que lo observa posteando en X en plena madrugada, mientras la alarma de algún trabajador, todavía esperanzado, suena para ir a trabajar y responder al pedido de esfuerzo y paciencia del propio presidente. El problema podría presentarse si toda esa paciencia llegara a esfumarse antes que el tiempo de Manuel Adorni en el poder.
Martín Carrizo






